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La paz práctica de vida

28 Noviembre 2010 , Escrito por catedraparalapazvenezuela.over-blog.es

 

 

S5030211

  

 

Visión de la paz como práctica de vida.

Apuntes sobre algunos venezolanos ilustres

Por Efrén Barazarte

  

De todos es conocido que la paz es un significado, que siendo un valor, se resignifica en la relación social que el hombre posee de su entorno. A partir de allí, consideramos que nuestro país desde sus orígenes como Capitanía General en tiempos del llamado proceso de la conquista,  tiene su origen en lo militar.  Sin embargo, interesa destacar que siglos más tarde, ya lograda su independencia, y una vez lograda y organizada la república de Venezuela se perfila un proceso de paz social que si bien fue inestable, bien encontramos una cantidad de representantes que practicaron el valor de la paz desde el nacimiento de nuestra república hasta finales del siglo XIX.

Tomaré como punto inicial la república de 1830. Advierto aquí la ausencia de una bibliografía que trate el valor de la paz tal cual lo vemos en nuestros días sino como un principio unificador de la república, ya que dicho constructo lingüístico más bien se consideró como la paz de la república;  no obstante existen unos precedentes importantes sobre la práctica de la paz proveniente de significativos venezolanos. La percepción y la interacción de la realidad de algunos próceres civiles y militares supone una determinante práctica personal.

 

 

 

Jose Antonio Paez 4

 

José Antonio Páez

 

En tal sentido, si nos detenemos en la autobiografía de José Antonio Páez, dos tomos que el grueso de los venezolanos debería disfrutar, encontramos un significativo evento.  En el año de 1814, el mencionado prócer le entrega al comandante venezolano de apellido Olmedilla un número de 228 presos de guerra. Páez da muestras iniciales ante la historia como un pacificador. Le dice a su superior el acuerdo de perdonar la vida a los caídos. Paso a citar un fragmento de este suceso:

 

“Al concluir la relación de la lucha felizmente terminada, le manifesté que había ofrecido perdonar la vida á aquel comandante.

-¿Cómo tiene V. el valor, me respondió, de presentarme este hombre vivo? ¿Por qué no le ha matado V.?

-Porque jamás he empleado mis armas contra el rendido. Máteme V. se quiere, ahí le tiene. “.    (p.60)

Acto seguido Olmedilla ordena la muerte del comandante español y dictamina cortar cabeza a todos los prisioneros. Páez presenció indignado  la muerte de cinco prisioneros  y es entonces cuando nos confiesa: Contestéle con desenfado que estaba resuelto a morir por defender la vida de aquellos desgraciados a quienes estaban asesinando ruinmente. (p.61). Fue entonces que se tornó tan acalorada discusión que impidió las ejecuciones.

Es significativo valorar que este evento muestra una de las formas de ejercer el valor de la paz. Un nivel de supremacía de una conducta valiente con un fin político. Una práctica de hacer política en medio de un contexto sin asidero legal, puesto que el arrojo personal era el ingrediente que manejaba las situaciones más adversas.  Es interesante leer el siguiente párrafo y la conclusión que tiene el mismo Páez:

 

Así se salvaron aquellos infelices, condenados al suplicio por el mal corazón de un vándalo, así consiguió el buen trato hacer amigos á otros tantos enemigos, pues todos ellos se alistaron mas tarde en nuestras banderas, siendo después compañeros fieles é inseparables en tantos hechos de armas, que si no hubiese todavía de ellos muchos testigos presenciales, correría riesgo de pasar ante los ojos de la posteridad como fábulas inventadas para su solaz y entretenimiento. (p.61-62)

 

La paz equivalente al perdón del enemigo como esencia política. Es humano y por consiguiente justo aquel  que logra pasar a su bando al hombre que una vez lo adversó. Y esa práctica relacional es la que se encuentra en la vida de José Antonio Páez y describir e interpretar más ejemplos podría configurar un posterior trabajo de investigación documental.

 

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 José María Vargas

 

Otro ejemplo que parte de una personalidad civil lo encontramos con José María Vargas (1786-1854) médico, científico y catedrático  y primer rector de la Universidad Central de Venezuela. Le tocó vivir un difícil momento histórico. Gracias a su capacidad y prestigio fue propuesto como candidato a la presidencia de la república, habiendo sido ratificada su elección en 1835.  Lo difícil de este contexto fue el dilema de ser políticamente reconocido sin ser poseedor de una heroica carrera militar, ya que un grueso de la venezolanidad daba como requisito pertenecer al ejército independentista. Para Venezuela la paz social radicaba en la alterabilidad  del poder y  la entrega de la presidencia a un ciudadano de origen civil, cuyo gobierno  culminaría en 1839; pero la marea alta no cesaba. Se dio un dilema entre militarismo y paz sociopolítica. Estalló la llamada  revolución de Las Reformas, y derrocado Vargas por la bota militar fue enviado al exilio en la isla de Saint Thomas. Es muy conocido cuando el líder de la conspiración llegó violentamente a la casa del doctor presidente, y le dijo: Doctor Vargas, el mundo es de los valientes”, a lo que  Vargas respondió: “el mundo del hombre justo”.   

Se supone de forma tangible una lucha entre la paz y el militarismo, siendo este último un muro de contención para el fortalecimiento de una república.

 

 

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          Lisandro Alvarado

 

  Este esbozo sobre el sentido de la paz en la práctica de vida de algunas personalidades venezolanas, recuerda la figura del apremiante  Lisandro Alvarado, quizá  la mente más brillante de su época. Con esta personalidad encuentro que el valor de la paz tiene un giro por más interesante. Es la paz de la persona consigo misma. Esa una relación refleja. La tranquilidad de un yo que contagia a su época en el buen sentido del término. Existe un peculiar, sencillo y profundo testimonio, proveniente de Alvarado. La humildad y la tolerancia con el prójimo formaban en él una equidistancia con la quietud de su mundo interior. Pascual Venegas Filardo en la biografía de Lisandro Alvarado destaca que ese mismo hombre que sabía leer a Lucrecio en su idioma, hablar el árabe de los residentes sirios de Venezuela y entenderse con alguna tribu de los llanos de Apure, se encontraba una vez en el río portuguesa cuando un importante comerciante llanero llamado Leoncio Guevara se dirigió a él sin conocerlo:

-Oiga viejo, ¿quiere bañarme el caballo?.

A lo cual Alvarado le respondió afirmativamente.

-¿Le parece bien un real por ese trabajo?. –añadió el llanero.

-Me parece bien,-contestó Alvarado. Y empezó a realizar su nuevo oficio con la capacidad que le había dado la vida en el llano.

Pero mientras el doctor Alvarado bañaba el caballo, llegaron otros viajeros a donde se hallaba el llanero, y cuando el “viejo” traía la bestia ya bañada, uno de los viajeros le preguntó al dueño del caballo:

-¿No sabes quién te ha bañado el caballo? Es nada más que el doctor Lisandro Alvarado.

Y aquel llanero, avergonzado, quiso recompensar al sabio con una morocota a lo cual Alvarado adujo:

-Un real o nada, mi querido amigo; ese fue el precio estipulado.

(…) en adelante Leoncio Guevara no sólo fue un gran amigo de Alvarado, sino un admirador del sabio para toda su vida. (p. 32-33).   

 

Los hombres interactúan en un contexto social y van transformando la realidad. La capitulación y la amnistía en un proceso beligerante dependen de personalidades como la de José Antonio Páez para el logro de la paz política, que generó más tarde la creación de la república de Venezuela. Quedaría para un posterior trabajo la conducta pacificadora de un Soublette en contraste con la figura autocrática de Leocadio Guzmán o un Antonio Guzmán Blanco.

Se podría también considerar que la personalidad del doctor Vargas, dedicado fundamentalmente a la ciencia y a la educación puede verse en los términos del valor de la paz como constructo para la formación de una república en crecimiento.

A  grandes rasgos podemos concluir que la paz es un discurso que se practica de forma relacional, no un quedarse sólo dentro de sí sino más bien toda una praxis que se conjuga, que debe sostenerse como una joven planta, que sembrada en sosiego y arrojo, sabe por si misma ofrecer a los hombres los buenos frutos  de aquel que la cultiva.

 

 

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